Paseo por Plaza Congreso

Históricamente, las plazas han sido el corazón de las ciudades, un lugar de reunión, el punto cívico y administrativo por excelencia, y su ubicación central tiene todo el sentido: de hecho casi siempre fueron ellas quienes generaron el “centro” de una ciudad. Esta dinámica sigue presente en muchos poblados del interior argentino, y no es casual que al viajar a cualquier gran ciudad del mundo uno tenga que posarse frente una plaza para visitar las atracciones históricas.

Pero en Buenos Aires las plazas son muchas, y cada una tiene su encanto. Las más céntricas, especialmente, ofrecen una perspectiva diferente de la ciudad. No sólo el espacio verde que cubren se distingue, sino que también permiten observar sus alrededores sin tener que arriesgar dolor de cuello, como suele suceder en la mayoría de las veredas. Y resulta que -nuevamente, no de manera azarosa- las principales plazas de la ciudad están rodeadas de algunos de los edificios más significativos de Buenos Aires. Tal es el caso de la Plaza Congreso. Ubicada frente al edificio que le da nombre, es de esos lugares que no se suelen recorrer específicamente, o si se lo hace es de paso, de Rivadavia a Hipólito Yrigoyen, de Entre Ríos a Paraná, llegando al trabajo, corriendo al 12, a un taxi, o incluso muchas veces -especialmente de noche-, evitándola. Sin embargo, detenerse a pasear por ella depara varias sorpresas para el porteño distraído.

En gran parte, se trata de un paseo por la historia política local, destacándose especialmente la no Peronista (eso queda reservado para casi cualquier otra parte de la ciudad; de hecho, la silueta de Evita en el Ministerio de Desarrollo Social se divisa a lo lejos, en una perspectiva muy diferente a esa de 9 de Julio que estamos acostumbrados). Por ejemplo, la escultura del líder Socialista Alfredo Palacios sorprende por su tamaño y abstracción, y unos pasos después, el radical Ricardo Balbín mira hacia un costado. Ambas obras se encuentran lejos de las típicas esculturas del personaje de frente en pose heroica. En ese estilo, más clásico, se lo puede encontrar a Mariano Moreno sobre la plaza que lleva su nombre -lo que generalmente llamamos Plaza Congreso en realidad son tres: Congreso, Mariano Moreno y Lorea-. Sin embargo, la “obra maestra” se encuentra por el medio del terreno. Desembarcado para el primer centenario del país, se trata de El Pensador de Rodin. Menos imponente pero muy curioso es el monolito que representa el km 0. Si alguna vez por una ruta nacional te preguntaste desde dónde comienzan los kilometrajes, no es del Obelisco ni la General Paz. En realidad, todos los caminos conducen al Congreso.

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Sin embargo, la gran estrella de la Plaza es el Monumento a los Dos Congresos. Como un grupo escultórico que se puede encontrar en cualquiera de las principales capitales del mundo, se trata de una fuente enorme, impactante y bella. Acaso lo único que se le puede criticar es estar ahí, presa de esa costumbre (¿y necesidad?) tan nuestra de colocar obras preciadas entre rejas. Detrás de ella está imponente y único el Congreso de la Nación, uno de los edificios más representativos de la ciudad y, lógicamente, del país (ya tendrá su post aparte).

Además de algunas de las esculturas más impactantes de la ciudad -difícilmente apreciables desde lejos-, la Plaza del Congreso tiene a su alrededor unos cuantos de esos edificios tan porteños que a su vez son universales. Por un lado, el de la Confitería del Molino: centro de incontables disputas respecto a su devenir desde que cerró sus puertas en 1997, lo cierto es que es un edificio único, claro exponente del art nouveau en esta ciudad, y aunque el tiempo y el abandono le hayan quitado un poco de esplendor, no deja de ser una vista deslumbrante. Del otro lado de Callao yace uno de esos edificios de bajo perfil que uno puede pasar sin prestar demasiada atención y que es de una belleza inigualable: el recientemente remodelado Instituto Biológico Argentino. Mármol, curvas y demás elementos arquitectónicos se ven coronados por un reloj y dos trabajadores con una campana, divisable a lo lejos (según cuentan, tuvo que armarse ahí mismo dado que por su peso era imposible de hacer llegar hasta la terraza ya completo). En dirección a Av. de Mayo, el Barolo asoma y, un poco antes, otro proyecto del Centenario se luce en todo su esplendor, el edificio “La inmobiliaria”.

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Los motivos para hacerse un ratito para pasar por la PLaza Congreso siguen: el Teatro del Liceo con su historia y sus obras, el Cine Gaumont y sus baratísimas entradas para ver cine nacional, la biblioteca del Congreso, y tantas otras bellezas. Su función como plaza para la recreación es casi nula, no hay grandes espacios verdes, ni bancos muy cómodos. Pero cada tanto vale la pena pararse unos minutos en el medio y ver todo lo que su espacio ofrece y un poco más allá también.

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