Sobre los lugares abandonados

Los lugares en desuso de las ciudades son tan importantes para revelar su identidad como los que se recorren a diario. Pero claro, no todas las ciudades son Roma, donde cada ruina tiene un sentido y un propósito. Por estos pagos, el desuso en general remite al abandono. Y el abandono tiene, con muchas razones, connotaciones negativas.

El tema es que hace ya tiempo tengo cierta fascinación por los lugares abandonados. Casas, edificios, parques, trenes, todo lo que remita en algún punto a un uso previo, a una historia que ya no es. Será que me gustan las historias, y las relacionadas a Buenos Aires, un poco más.

Cada tanto, especialmente cuando estoy circulando por estos lugares, reflexiono -son espacios que me llevan siempre a reflexionar- respecto a por qué encuentro un encanto en esta estética. Sé que no soy la única, pero también sé que no son pocas las personas que encuentran este hábito de entrar a lugares abandonados un tanto extraño.

Recientemente, en una visita a un matadero abandonado en la ex Villa Epecuén (pueden leer más en esta nota), me di cuenta que hay algo lúdico en ellos. En algún punto es un lugar de la fantasía infantil materializada. Una estructura (no entera) con una función particular de ejercitar la mente respecto a lo que fue en el pasado. Quizás en la infancia eso importaba menos. Por ese entonces se trataba de pensar en los personajes que podían habitarlo, así como teníamos un monstruo bajo la cama, una princesa que visitaba de vez en cuando, o -en mi caso- a Hoggle de Laberinto en el patio de atrás de casa.

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Para cada adulto que le gusta repensar ambientes, el lugar abandonado debería ser un paraíso para imaginar en cada pared para construir o tirar abajo y en cada amoblamiento posible. Es un Edén donde todo está por hacerse, pero a diferencia del lugar en construcción, ya tiene una historia, algo que reformar o revivir. Quien es amante y defensor de las construcciones antiguas, encontrará en estos lugares signos de otras épocas, aún más similares al original que en cualquier lugar remodelado.

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Tenemos la manía de deshacernos de los lugares abandonados, de esconderlos, derribarlos. Estorban, afean. En algunos casos esa necesidad pasa por recuperar el esplendor de lo que fue – tal el caso de la confitería El Molino por ejemplo, abandonada hace tiempo, con constantes planes de remodelación que no se llevan a cabo-. En otros, por destruir lo no habitable para hacerlo hogar de miles de porteños que cada vez encuentran menos lugar en la Capital. En el medio se encuentran infinitas formas de uso también. Todas son posturas válidas -e incluso, más prácticas-. Pero entretanto, mientras las puertas están cerradas y adentro no pase nada, disfrutemos. O mejor aún, juguemos.

Caro.-

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1 Comment

  1. La Confitería del Molino está cerrada,y su fachada se deteriora día a día….pero abandonado el lugar no está…vivo cerca y veo casi todos los días entrar gente a los deptos. que están arriba…

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